Final del Otoño

Otoño
Sus ojos color miel denotaban tristeza mientras se despedía de mi. “Te dejo”. Dos palabras llenas de culpa atascadas en su garganta. Tantos años juntos tirados a la basura cuando se le nubló la razón por una amazona con una abultada cuenta bancaria y la disposición que no tenía yo de llamarlo veinte veces al día, para decir “Te deseo”, “Te quiero”, “Te necesito”, cualquier cosa. Miré por la ventana y deseé con todas mis fuerzas que en esta isla caribeña los árboles cambiaran de colores y las hojas, en vez de ser eternamente verdes, convirtieran su letargo en tonos tierra, mostaza, naranja.
El alma se me rompió en mil pedazos, cuando lo vi partir, pero sabía que era lo mejor, lo único que podía hacer. Ella lo esperaba. En la radio sonaba nuestra canción, irónicamente la misma que bailamos el día de nuestra boda, cuando yo, vestida de champagne, sonreía, feliz porque me casaba con el hombre de mi vida, el “guardián de mi corazón”, el que siempre me cuidaría, fiel a su promesa de amor eterno. Pero nada dura para siempre.
La brisa de septiembre sacudió mi cabello y cerré la puerta tras de mí. Gracias a Dios, mis hijos no estaban en casa para verme ahogada en un dolor que no sabes dónde termina ni donde empieza. Muchas, muchas lágrimas. Muchas, muchas preguntas. Ninguna respuesta. “Preferiría que me cayeran a palos y no sentirme como me siento”, le dije a mi amiga para desahogarme. Ella me escuchó por horas, por días...hasta que lentamente, el otoño murió.
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