La Historia de mi Tatuaje


Rebelde de nacimiento (mi mamá no me llamaba por mi nombre sino "existencialista") siempre quise llevar tatuaje. Pero para explicarles porque nunca había pensado en serio llevar uno, tendría que contarles sobre mi ciudad chiquita, Santiago, que me gusta llamarle, la "sociedad maldita".



O sea que en paréntesis, aquí donde vivo, las apariencias son muy importantes. Solo los hombres que no se deben tomar en cuenta llevan pelo largo, arete y tatuajes. Las mujeres las tenemos peor. Nos confunden con mujeres de la vida alegre en caso de tener uno. Las "damas" de nuestra sociedad, consideran "grotesco" pintarse el cuerpo permanentemente.



Gracias a Dios, mi familia es muy especial. Genéticamente, tengo una mezcla singular. Por el lado paterno, mujeres muy fuertes, más que los hombres que acaban siendo viejos sentimentales. Las mujeres por el lado paterno tienen muy poca flexibilidad a la hora de soportar actitudes machistas y abusadoras. Por eso casi todas hemos cambiado varias veces de pareja, lo cual como entenderán resulta abominable en mi "sociedad maldita". Por el lado materno, pocas palabras con que describir: Te aceptan tal cual eres y respetan tus decisiones. Además mi abuela, mis tias, mis tios, son poetas y pintores. Es decir, lo que se necesita para llevar tatuaje, ya está impreso en mi herencia genética: Hay fuerza por un lado (para aguantar el dolor y mandar a la "porra" a los metiches) y por el otro, tolerancia.



Pero ya me salí del tema. Volvamos a mi tatuaje.



Primero, era muy joven y estaba asustada. Muchas veces, llegué a la puerta de un lugar que hace tatuajes y muchas veces me devolví. Más que al que dirán, le tenía miedo a entrar un mundo desconocido de quedar marcada de por vida, y por supuesto, temía sentir dolor. Segundo, me casé. Mi ex, a pesar de que tiene 7 tatuajes, en comportamiento muy propio del macho dominicano, me prohibió hacerme uno, ejem! perdón, en MI CUERPO.



Y así pasaron los años. Más o menos treinta. Hasta que un día me decidí.



Fui con mis hijos a descansar, ya en status de separada por supuesto, a Cabarete. Una playa en mi patria, famosa por las libertades y excesos que allí se cometen. Llevaba en mis manos el dibujo de una libélula. Preciosa. Hice mi cita para una semana despúes, cuando se acabaran mis vacaciones y sonreí todo esos cinco días. Cuando el momento llegó, estaba más que preparada. No me importaba el dolor. Me tumbé en la camilla y tomé la mano de mi hija. No dolió. Hizo cosquillas.



Todavía hoy no me canso de mirarlo, atrás y en el espejo. Esta ubicado en la parte baja de mi espalda, es negro y mide unos 4 cms. En otras culturas, esto puede parecer muy usual, pero para mí fue un gran momento. Liberador. Demuestra que soy dueña de mi cuerpo y que estoy ajena a los gustos de los que me rodean.



Para terminar, ¿Porqué escogí una libélula? En ese momento, ni idea. Pero sí, siempre me han llamado la atención por su inquieto volar. Nunca se detienen en su incesante batir de alas. Pero, encontré mi respuesta en Wikipedia, la que voy a adoptar para cuando me pregunten. Para los japoneses, la libélula representa coraje, alegría y fortaleza, tres cualidades con las que me identifico. Así de simple.



Es adictivo. Como el amor. Estoy pensando en hacerme otros. Sonrisa.

Comentarios

Sara Gabriela ha dicho que…
Muy interesante tu post.. Vivo en México en una ciudad con algunas semejanzas a la tuya en donde cualquier persona deja de ser de sociedad si llega a tener el cuerpo marcado. Además, tanto mis padres como mi familia no aceptan tal tipo de expresión, estereotipando siempre a las personas que los llevan puesto como "drogos", "emos", entre otros.
Sien embargo, yo siempre he querido ponerme un tatuaje, en el mismo lugar que tu, que signifique el poder sobre mi cuerpo y algo importante de acuerdo con mi vida.
Ojalá pronto me lo pueda poner como tu y llegar a vencer los miedos que tengo por mi familia...
=)

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