Cada vez que despierta un ángel

No puedo evitar despertarme muy temprano pensando en las miles de cosas que tengo que hacer hoy. Me levanto de un salto de la cama, apresurada y nerviosa, mientras hago varias cosas diferentes al mismo tiempo como por ejemplo cepillarme los dientes, encender la televisión para ver las noticias y quitarme el reloj para ducharme. Mientras estoy en mi ritual matutino, todo empieza a ir mal. Se me rompe un tacón de esos zapatos que compré en rebaja, descubro un hoyo diminuto pero notable en mi nueva camisa lila, el chocolate con leche se me cae en los pantalones y tengo que cambiarlos, no hay mantequilla y sin ella no puedo desayunar. Pienso que hoy va a ser uno de esos días.
Antes de irme, doy unas cuantas vueltas por la casa. Anoto lo que hace falta por comprar, revisando la nevera con desgano, y ya por último, mi parte favorita de las mañanas, voy al cuarto de mi hija para despedirme con un beso silencioso. Cuando entro a su habitación, percibo un olor muy suave que es característica de ella. Huele a flores silvestres mezclados con loción de avellanas y nueces y caramelo. La descubro en aquella cama grandota que parece absorberla y es el vivo retrato de un ángel, muy distante de la niña hiperactiva que recorre la casa de un lado a otro sin parar, exponiendo sus ideas filosóficas a ella misma, a mí o a su hermano, quien sea que la escuche. Ahora, mi hija duerme tranquilamente arropada a medias, porque sufre de un calor constante, entre sus sábanas de flores rosadas y color limón. Son ya las 7 de la mañana y empieza a filtrarse por entre las cortinas el amanecer, inmutable e imparable. Observo sus largas pestañas que ocultan sus ojos color miel, el puñito apoyado en su mejilla y el tranquilo subir y bajar de su pecho y no puedo evitar sentir esas oleadas, que casi me echan al piso, ese sentimiento de amor sublime, maternal, que me recorre de pies a cabeza. Observo sus mechones de cabellos desparramados en la almohada y me dan ganas de acomodarlos, pero temo despertarla.
El timbre del teléfono me saca de mi ensoñación de madre y corro a levantarlo para que la niña no despierte. Es mi jefe que me ha llamado muy temprano con buenas noticias y no ha querido esperar más para contarme. En resumen, me han dado una promoción en la empresa, una gran oportunidad, y él no quiere colgarme hasta que le dé mi respuesta. Estoy feliz, porque era algo que había esperado y por lo que había trabajado por mucho tiempo, pero no quiero demostrarlo…todavía. Oigo su voz, pero no lo escucho. Aclaro mi garganta y trato de hacer lo mismo con mis pensamientos, cuando siento a mis espaldas que alguien me mira fijamente. Me volteo y descubro a mi hija estudiándome con anhelo, con una sonrisa de oreja a oreja, el pelo despeinado, el pijama de la "Barbie" que le llega hasta el piso y descubre solamente la punta de los deditos de sus pies diminutos, la mirada de entendimiento. Yo también le devuelvo la sonrisa, también de oreja a oreja. Doy mi respuesta y cuelgo.
Ahora sé, que las cosas maravillosas de la vida, solamente ocurren cada vez que despierta un ángel.
Antes de irme, doy unas cuantas vueltas por la casa. Anoto lo que hace falta por comprar, revisando la nevera con desgano, y ya por último, mi parte favorita de las mañanas, voy al cuarto de mi hija para despedirme con un beso silencioso. Cuando entro a su habitación, percibo un olor muy suave que es característica de ella. Huele a flores silvestres mezclados con loción de avellanas y nueces y caramelo. La descubro en aquella cama grandota que parece absorberla y es el vivo retrato de un ángel, muy distante de la niña hiperactiva que recorre la casa de un lado a otro sin parar, exponiendo sus ideas filosóficas a ella misma, a mí o a su hermano, quien sea que la escuche. Ahora, mi hija duerme tranquilamente arropada a medias, porque sufre de un calor constante, entre sus sábanas de flores rosadas y color limón. Son ya las 7 de la mañana y empieza a filtrarse por entre las cortinas el amanecer, inmutable e imparable. Observo sus largas pestañas que ocultan sus ojos color miel, el puñito apoyado en su mejilla y el tranquilo subir y bajar de su pecho y no puedo evitar sentir esas oleadas, que casi me echan al piso, ese sentimiento de amor sublime, maternal, que me recorre de pies a cabeza. Observo sus mechones de cabellos desparramados en la almohada y me dan ganas de acomodarlos, pero temo despertarla.
El timbre del teléfono me saca de mi ensoñación de madre y corro a levantarlo para que la niña no despierte. Es mi jefe que me ha llamado muy temprano con buenas noticias y no ha querido esperar más para contarme. En resumen, me han dado una promoción en la empresa, una gran oportunidad, y él no quiere colgarme hasta que le dé mi respuesta. Estoy feliz, porque era algo que había esperado y por lo que había trabajado por mucho tiempo, pero no quiero demostrarlo…todavía. Oigo su voz, pero no lo escucho. Aclaro mi garganta y trato de hacer lo mismo con mis pensamientos, cuando siento a mis espaldas que alguien me mira fijamente. Me volteo y descubro a mi hija estudiándome con anhelo, con una sonrisa de oreja a oreja, el pelo despeinado, el pijama de la "Barbie" que le llega hasta el piso y descubre solamente la punta de los deditos de sus pies diminutos, la mirada de entendimiento. Yo también le devuelvo la sonrisa, también de oreja a oreja. Doy mi respuesta y cuelgo.
Ahora sé, que las cosas maravillosas de la vida, solamente ocurren cada vez que despierta un ángel.
Comentarios
Besos muchos.
Bonito post.