Lo Negro del Blanco

El Sr. Pérez estaba en la hora del almuerzo emocionado hasta las lágrimas. Tantos meses de lucha para lograr la igualdad de favores en su lugar de trabajo. Su última batalla ganada había sido conseguir que en el gran comedor de la empresa se sentaran al mediodía, juntos, los altos ejecutivos con los obreros. Muchos se opusieron, sobre todo los de la cima de la pirámide jerárquica, pero sus argumentos y tácticas pusieron en jaque aquellas decisiones elitistas. Saboreó cada trozo de su comida y miraba alrededor, orgulloso de su hazaña, mientras masticaba. ¡Qué gran ejemplo para las generaciones laborales venideras! La igualdad de clases. Toda la tarde, se deleitó con su triunfo y se sentía muy grande. Notó que al término de la jornada, muchos lo miraban con otros ojos y podía jurar que otros tantos le hacían una imperceptible reverencia en agradecimiento. Mientras se dirigía al carro para ir a su casa, planeaba sus próximas contiendas campales. No iba con prisa, pues hacía ya un tiempo vivía solo, bueno, a excepción de Ana, la criada, nadie importante lo esperaba. Su esposa había muerto ya algunos años atrás, víctima de un repentino ataque al corazón y su hijo, el único, vivía lejos con su propia recién formada familia. Llegó a casa, aparcó el carro y subió a su apartamento con aspecto de felicidad. Seguramente Ana, como cada día, le había guardado una cena deliciosa que disfrutaría junto a una suave música relajante y un buen vino. Llegó al comedor, donde la mesa exquisitamente puesta, como siempre, lo aguardaba. Saludó a Ana con cordialidad, le preguntó sobre sus hijos, e intercambió otras frases triviales con ella, puso la música, destapó la botella de vino y se sentó a la mesa. Ana terminó de servirle, diligente, y se marchó de vuelta a la cocina con su andar pausado. Allí se sirvió en un plato para cenar lo que ella misma había preparado. Acomodó la silla en la que siempre comía, junto a la ventana, para poder mirar mejor las estrellas. Escuchó la música que sonaba en el otro cuarto y suspiró. Era la parte del día que más odiaba, porque a pesar de los muchos años de servicio y de fiel compañía, aunque fuera una locura soñar, el patrón nunca le había pedido que se sentara con él a compartir una cena.
Comentarios
Bsss.
=D
AQUI PASEANDOME POR TU BLOG, Y ME ENCUENTRO CON ESTA HISTORIA...JAJAJA EL PERSIGUIENDO LA IGUALDAD Y NO LA PRACTICABA QUE COSAS NO?
QUE ANDES SUPER
SE TE QUIERE
ByE
Me gustó mucho, la verdad que te deja pensando...hago las cosas bien?.
Besos
Saludos
Muy buen post, Ericarol, la enfermedad de la hipocresia es mas abundante de lo que parece.
Un beso.
Reitero el beso.
Ah la hipocresia, que buen post, lo lei y rei muchisimo, por que me acuerdo que cuando era pequeno, las personas qie servian en mi casa tenian que comer en un sitio aparte de nosotros, hasta que un dia mi mama se puso la falda bien puesta y dijo: Todos somos hijos de Dios, metio otra mesa al comedor y con asombro todos ellos vieron como mi mama se fajo y arreglo todo para que todos comieramos juntos y asi se hizo. No te imaginas los cuentos e historias que oiamos de todos. Se gozaba mucho, disfrutabamos de esa compania.
Saludos
Intentar que nuestras palabras siempren acompañen a nuestros actos es venerable. Conseguirlo, maravilloso.
Intentémoslo al menos.
Gran post.
Besote.
Besos, Ericarol.
Besos