La Señorita Green - Cuento

La recatada y dulce Srta. Green, que bien entrada en años y aún vivía con sus padres en una forma que todos estimaban respetable, sabía que debía ser precavida con sus sentimientos. De todos lados le llegaban noticias funestas sobre su nuevo interés amoroso, el Sr. Marrón. Sus amigas y su familia, conocían de sobra la fama de seductor de este personaje que se había adentrado en su vida repentinamente. Una tarde, en una de sus acostumbradas visitas de pretendiente, él, en un gesto de atrevimiento y valentía, la invitó a pasarse unos días juntos, solos los dos, en su diminuta pero coqueta casa al margen del Mar Caribe, para amarse sin testigos, ni prisa, como no era debido.
La Srta. Green lo pensó por muchos amaneceres y decidió finalmente que sí, que la vida era muy corta como para desperdiciarla en lamentaciones, prejuicios y precauciones y dispuso entregarse a la peripecia de lo desconocido. Se sentía liberada, hermosa y viva. La fecha de la confluencia se hacía eterna, mientras ambos se dedicaban a planear con la vehemencia propia de los amantes a punto de encontrarse, esos momentos que el calendario marcaba con lentitud en el futuro cercano. El Sr. Marrón le entregaba todas las horas de sus jornadas y ella se dejaba enamorar abandonada cada vez más al palpitar de su corazón y al sudor de sus manos cuando lo veía. Eran muy parcos en el contacto físico, pues decidieron tácitamente guardar para luego, cuando estuvieran solos, las más atrevidas caricias y las más ardientes palabras.
A solo faltar una semana para el esperado encuentro, le llegó a la Srta. Green, una extraña carta. Estaba firmada por una tal Noemí y en ella describía detalladamente como el Sr. Marrón después de visitar a la Srta. Green, iba a calmar su fuego con ella. Le pedía que lo dejara en paz, porque era ella su verdadero amor y que el interés del Sr. Marrón no era genuino. Era ardor, que desaparecería con la entrega de la virtud. La Srta. Green sintió como su cara palidecía y su corazón se detuvo por un momento casi invisible. Llegó la duda con todo su peso, arrastrando y haciendo desaparecer su enamoramiento por el Sr. Marrón, como un seco portazo. Arrugó la carta y la tiró a la basura. Por una semana, lo escondió en los oscuros rincones de su mente, decidida a continuar con su destino y con un gran esfuerzo y una actuación digna de una diva del teatro, no demostró al Sr. Marrón su apatía y porque no, tampoco su desdicha.
Llegó el día esperado y la Srta. Green empacó las más sutiles telas y los más delicados encajes y bordados en su ajuar de princesa lista para ser marcada por el látigo de la pasión. Llegó en coche temprano al lugar del encuentro, donde la esperaba el Sr. Marrón ya desnudo. No la dejó ni cerrar la puerta, cuando se arrojó a ella con la experiencia de un tigre e incongruentemente, la desvistió sin prisa mientras ella jadeaba de gozo, olvidando por completo la carta que arruinó sus esperanzas. Las palabras que le habían llegado, que incluso se las sabía de memoria, se oscurecían lentamente y desaparecían en los burdeles de su conciencia. Se entregó tanto a aquel ansioso amante que perdió el sentido del tiempo, del lugar y de la vida. El amor volvió, en torrentes, ahora más ciego.
Cuando el encuentro de cuerpos sudorosos y besos mojados en todas partes, terminó, la Srta. Green se sentía otra persona. Se convirtió en otra mujer. No volvería a salir de aquella casa y de aquellos brazos, jamás, primero muerta. Ese era su hombre y ella estaba dispuesta a cualquier locura para retenerlo. Se giró esperanzada para descubrir los ojos del hombre y encontró dos dardos glaciales que la contemplaban a medias. La Srta. Green entendió que sus pensamientos distaban mucho de los que tenía el Sr. Marrón en esos momentos. Estaba frío, distante, perdido en otro universo. Las palabras de Noemí, “ardor, que desaparecería con la entrega de la virtud… ardor, que desaparecería con la entrega de la virtud”, se repetían y regresaron, tomaron sentido y comprendió mucho.
Se levantó a tientas para descubrir en la ventana la imagen del sol que ya se ocultaba. ¿Por cuánto tiempo se habían amado? Por muchas horas. Jamás podría volver a ser la mujer que fue. Sin pudor, caminó desnuda hasta la cocina y tomó un cuchillo. El más grande que pudo encontrar. Lo escondió en su espalda y se dirigió hasta donde yacía el Sr. Marrón, tan ajeno al hombre que ella conocía. Lo miró por última vez, un fugaz instante que no era de arrepentimiento sino de unos celos y un dolor tan intensos que la consumían como el fuego. Levantó el cuchillo y lo hundió en su pecho, robándole la vida al ladrón de su calma.
Mientras el Sr. Marrón agonizaba, la Srta. Green tomó con la punta de sus dedos unas gotas de sangre y las lamió lentamente, llenándose los labios de rojo, hasta que la vida se deslizó gozosa del alma de su amante. Ya no quedaba ni un resquicio de cordura en aquel cuerpo de mujer marcada. Volvió a mirar al horizonte, tratando de descubrir el sol, pero ya este se había marchado, acompañando a la muerte que cargaba con el Sr. Marrón para conducirlo al infierno. Ella no quería estar sola. Atravesó la casita, la arena fría, la espuma de las olas que morían y se adentró en las aguas cálidas del mar. Este le llegó sin premura hasta sus tobillos delgados, hasta sus rodillas quemadas, hasta los muslos llenos de semen, hasta la cintura mil veces besada, hasta sus pechos lamidos, hasta su cuello mordido, hasta sus labios vestidos de sangre, hasta sus ojos oscurecidos, hasta sus cabellos….hasta su alma, que se apagó como el ocaso.
Y en algún punto del otro mundo, pudo encontrarse al fin, con la muerte, con el Sr. Marrón, con el diablo y con su destino.
La Srta. Green lo pensó por muchos amaneceres y decidió finalmente que sí, que la vida era muy corta como para desperdiciarla en lamentaciones, prejuicios y precauciones y dispuso entregarse a la peripecia de lo desconocido. Se sentía liberada, hermosa y viva. La fecha de la confluencia se hacía eterna, mientras ambos se dedicaban a planear con la vehemencia propia de los amantes a punto de encontrarse, esos momentos que el calendario marcaba con lentitud en el futuro cercano. El Sr. Marrón le entregaba todas las horas de sus jornadas y ella se dejaba enamorar abandonada cada vez más al palpitar de su corazón y al sudor de sus manos cuando lo veía. Eran muy parcos en el contacto físico, pues decidieron tácitamente guardar para luego, cuando estuvieran solos, las más atrevidas caricias y las más ardientes palabras.
A solo faltar una semana para el esperado encuentro, le llegó a la Srta. Green, una extraña carta. Estaba firmada por una tal Noemí y en ella describía detalladamente como el Sr. Marrón después de visitar a la Srta. Green, iba a calmar su fuego con ella. Le pedía que lo dejara en paz, porque era ella su verdadero amor y que el interés del Sr. Marrón no era genuino. Era ardor, que desaparecería con la entrega de la virtud. La Srta. Green sintió como su cara palidecía y su corazón se detuvo por un momento casi invisible. Llegó la duda con todo su peso, arrastrando y haciendo desaparecer su enamoramiento por el Sr. Marrón, como un seco portazo. Arrugó la carta y la tiró a la basura. Por una semana, lo escondió en los oscuros rincones de su mente, decidida a continuar con su destino y con un gran esfuerzo y una actuación digna de una diva del teatro, no demostró al Sr. Marrón su apatía y porque no, tampoco su desdicha.
Llegó el día esperado y la Srta. Green empacó las más sutiles telas y los más delicados encajes y bordados en su ajuar de princesa lista para ser marcada por el látigo de la pasión. Llegó en coche temprano al lugar del encuentro, donde la esperaba el Sr. Marrón ya desnudo. No la dejó ni cerrar la puerta, cuando se arrojó a ella con la experiencia de un tigre e incongruentemente, la desvistió sin prisa mientras ella jadeaba de gozo, olvidando por completo la carta que arruinó sus esperanzas. Las palabras que le habían llegado, que incluso se las sabía de memoria, se oscurecían lentamente y desaparecían en los burdeles de su conciencia. Se entregó tanto a aquel ansioso amante que perdió el sentido del tiempo, del lugar y de la vida. El amor volvió, en torrentes, ahora más ciego.
Cuando el encuentro de cuerpos sudorosos y besos mojados en todas partes, terminó, la Srta. Green se sentía otra persona. Se convirtió en otra mujer. No volvería a salir de aquella casa y de aquellos brazos, jamás, primero muerta. Ese era su hombre y ella estaba dispuesta a cualquier locura para retenerlo. Se giró esperanzada para descubrir los ojos del hombre y encontró dos dardos glaciales que la contemplaban a medias. La Srta. Green entendió que sus pensamientos distaban mucho de los que tenía el Sr. Marrón en esos momentos. Estaba frío, distante, perdido en otro universo. Las palabras de Noemí, “ardor, que desaparecería con la entrega de la virtud… ardor, que desaparecería con la entrega de la virtud”, se repetían y regresaron, tomaron sentido y comprendió mucho.
Se levantó a tientas para descubrir en la ventana la imagen del sol que ya se ocultaba. ¿Por cuánto tiempo se habían amado? Por muchas horas. Jamás podría volver a ser la mujer que fue. Sin pudor, caminó desnuda hasta la cocina y tomó un cuchillo. El más grande que pudo encontrar. Lo escondió en su espalda y se dirigió hasta donde yacía el Sr. Marrón, tan ajeno al hombre que ella conocía. Lo miró por última vez, un fugaz instante que no era de arrepentimiento sino de unos celos y un dolor tan intensos que la consumían como el fuego. Levantó el cuchillo y lo hundió en su pecho, robándole la vida al ladrón de su calma.
Mientras el Sr. Marrón agonizaba, la Srta. Green tomó con la punta de sus dedos unas gotas de sangre y las lamió lentamente, llenándose los labios de rojo, hasta que la vida se deslizó gozosa del alma de su amante. Ya no quedaba ni un resquicio de cordura en aquel cuerpo de mujer marcada. Volvió a mirar al horizonte, tratando de descubrir el sol, pero ya este se había marchado, acompañando a la muerte que cargaba con el Sr. Marrón para conducirlo al infierno. Ella no quería estar sola. Atravesó la casita, la arena fría, la espuma de las olas que morían y se adentró en las aguas cálidas del mar. Este le llegó sin premura hasta sus tobillos delgados, hasta sus rodillas quemadas, hasta los muslos llenos de semen, hasta la cintura mil veces besada, hasta sus pechos lamidos, hasta su cuello mordido, hasta sus labios vestidos de sangre, hasta sus ojos oscurecidos, hasta sus cabellos….hasta su alma, que se apagó como el ocaso.
Y en algún punto del otro mundo, pudo encontrarse al fin, con la muerte, con el Sr. Marrón, con el diablo y con su destino.
Comentarios
besitos guapa
Preciosa narración.
Feliz domingo y un beso enorme!.
Y la foto me parece expectacular.
Se parece mucho a mi playa favotita.
Que padre historia, me tenias en suspenso...
Me gusta mucho cuando escribes historias (porque aparte de que las haces "cortitas" -cosa que yo no puedo hacer-), siempre son super interesantes y dejas alguna reflexion.
Tristemente a muchas mujeres (y hombre tambien) les ha pasado lo que a la historia de esta pareja.
Saluditos y gracias por compartirnos historias como esta.
Buen inicio de semana.
s
Un beso
Besos
frases como
ardor, que desaparecería con la entrega de la virtud
y desaparecían en los burdeles de su conciencia...
me fascinó...
hay amores que matan.
besos grises, amiga!
pd. cambiaste de look!
besos y feliz navidad!!!
Romeo y Juliete son dos chivito al lao' de la Srta. Green y el Sr. Marron, ademas hacen mejor contraste.
Wow Ericarol me dejaste anonadado con esa historia. Muy fuerte.
Un abrazo